Del Viaje – Abril 2004

Publicado: septiembre 26th, 2011 en Escritos by franco

Diarios-de-Motocicleta

Tantas veces fue escuchando a los viajeros entonar palabras, y contar las búsquedas en los lugares que visitan a menudo en su andar. Escuchó y anduvo buscando también: Otras vidas, quizás anteriores; nuevos atardeceres, tal vez no tan nuevos. Caminó tranquilo, encontró paz y buen aire.

Pero no entendía que era lo que perseguía ese andar ciego de poblar en poblar, de barrio en barrio, de ciudad en ciudad. Sin embargo siguió empecinadamente el camino que se encontraba en cada esquina, que le proponían las rutas, los atardeceres. No tuvo reparos para ir. Andaba sin mirar atrás, aprendía a querer los momentos. Iba, solo eso entendía.

Aun sin comprender, se acomodaba a los colores distintos, a los olores y sonidos de por donde anduviera. Sin preocuparse en lo más mínimo donde estaría mañana. Solo lograba encontrarse en el lugar donde estaba en cada momento. Solo y todo lo que implicaba la sensación de poder encontrarse en cada momento. En cada paraje, que no es poco.

Así fue como de a poco interpretaba su rol de mercader, de llevar, traer, y volver a su lugar.

Nada hubiera tenido sentido en su viaje si nunca volvía.- Uno viaja buscando a través de los lugares sus ganas de ser, de querer, las ganas de seguir en el mundo, de cambiarlo, de compartirlo, de crearlo y recrearlo. Todo esto que vamos encontrando por los caminos recién llega a tomar sentido cuando se vuelve a donde se siente la llamada que representa el volver. Entonces ahí se empieza completar todo lo que el corazón aprendió en el camino. Siempre es importante volver.

Las vueltas nos son instantáneas, uno llega, y al llegar comienza el nuevo camino de regreso, a las nuevas cosas, a lo nuevo que somos. La memoria empieza a traer los colores y aromas que pintaron el camino. Y poco a poco con el correr de los días nos vamos encontrando con lo que ahora somos.- Cambiamos tanto al andar tanto, como cambian los paisajes que nos hacen llorar, reír, suspirar. Que nos conectan con las imágenes que tan fácil olvidamos cotidianamente. Se quiebran nuestras ideas y sentires, me parto como se parte el cielo con los refucilos de alguna tormenta. Y allí esta lo mágico volvemos siendo nuevos. Ya no podré volver atrás en mi sentir de las cosas y en la manera de hacerlas.-

Los viajeros de estos viajes del alma cuando vuelven se encuentran tan completos que hacen las veces de fuegos; de fuegos incendiadores de sueños. Animan a los que los rodean a que hagan lo que tanto anhelan. Vuelven con la seguridad de no conocer los imposibles, con la tranquilidad de que su paso por el mundo no es en vano. Van a ayudar a cambiar algo, de eso están claros. Y en eso retoman de sus vidas lo que creen que aun sirve. Como cuando se encuentra un cajón con cosas viejas y se eligen las pocas que todavía emocionan el pecho, guardándolas para que acompañen lo que esta por venir. Para que ayuden a que las emociones nuevas sean más intensas y conmovedoras.- Acabo de entender que lo que busque en el viaje es la manera de poder encontrar cada vez mas momentos donde la alegría de existir duela tanto de tenerla adentro, que sea capaz de olvidarme de respirar por ello.

La calle de domingo perdida en la distancia – agosto 2003

Publicado: abril 4th, 2010 en Escritos, Literatura by franco

La calle de domingo perdida en la distancia, un hilo en medio del tejido de la ciudad. Le servía de sendero. El andar mostraba el fin, la tarde pintaba aquella imagen, el viento la hacia sonar.

Sensaciones de algo que había terminado, levantaron el telón. Nuevas escenas, fotos, sonidos. Los ojos se hicieron cámaras, los oídos micrófonos y el aire respirado era lo que lamentablemente le llevará mucho tiempo transmitir al cine. Comenzó a rodar una historia: contradictoria y confusa.

Él apareció primero: serio, niño, inocente, expuesto a los dolores de la vida; creíble, soñador y enamoradizo. Dispuesto a hacerse cargo de su vida, entusiasmado con los encuentros, gran apostador por lo tanto gran perdedor.

La historia siguió mostrándose a ritmo especial: sacado, egoísta, intimidante. Entre las imágenes cotidianas como diapositivas. Se dejo ver una con luz protagonista; siguieron pasando las diapositivas, sonaba jazz. Quien estaba en esa imagen: comenzó a verse más seguido en la secuencia, de distintas maneras, en diferentes paisajes, con nuevos colores, siempre con esa luz presente.

La secuencia de a poco se fue convirtiendo en cinta. Los personajes tomaron vida en una esquina, de dos calles desiertas de algún lugar de la tarde de domingo en la gran ciudad; ella caminaba alejándose. El miraba con la paciencia eterna su partida, la que solo otorga la certeza de saber que esa despedida lo llevaría necesariamente a su reencuentro.

Con la misma paciencia, luego de verla desaparecer, se agachó, tomó sus cosas y se fue en dirección diferente a continuar con su vida. Siguió como si esa tarde no hubiese existido nunca: como si esa imagen fuese la de una publicidad en la revista del diario de domingo, como si ese sonido fuera el de un disparo en medio de la madrugada de la ciudad dormida.

Vivió momentos tristes, alegres, importantes, insignificantes, coloridos mayormente. Vinieron etapas de desenfreno, de andares agitados. Otras de calma y paciencia, de euforias y alegrías; en una de esas, de las de imparable ajetreo, de corridas sin descanso, de respiros agitados. Retorno esa imagen: viva otra vez.

Todo se detuvo, el mundo giraba en torno a esa luz, los latidos se calmaron paulatinamente, la respiración encontró sentido, se normalizó. Enfrentados hablaron, mientras todo seguía girando desenfocado, muy lento, alrededor de ellos.

El encuentro duró poco, tanto que podría entrar en un suspiro, sin embargo logró detener el ritmo que se venía imponiendo. Hizo una buena pausa, un silencio interesante. Quizás este momento se veía como una foto, nítida de colores fuertes, alegre.

La rueda entró a girar otra vez cual retirada de tren. La pelota corría, como para no dejarse alcanzar por ningún jugador. El sonido del proyector era un buen detalle a esta parte: ameno, cálido. Se mostraban historias acordes a tiempos y sonidos, sin olores. Tampoco se escuchaban las respiraciones (que le llevará siglos lograr expresar al cine).

Ese sonido continuaba, de la misma manera: agradable. Pasaron muchas imágenes de buenos momentos, todo sucedía a ritmo vertiginoso; las historias iban como van los días: locos, corriendo alienados, maquinarios, arrasantes, asesinos del arte, como entrenando cazadores. Los colores dispersos.

Lentamente comenzó a mostrarse una sombra cual la de un fantasma: cada vez más seguido, y poco a poco más notoria. Como siguiendo este signo, el ritmo de las imágenes disminuía, las historias se detenían, el sonido del proyector se quería ir, los colores se hacían más firmes: imágenes vivas otra vez. Volvía la extraña respiración de aquella tarde.

La sombra dejo ver su cara y otro encuentro acontecía, junto con él, el tiempo descansaba: produciendo aquellas sensaciones, pero renovadas, más claras y coloridas. Miradas enfrentadas, palabras confusas, actitudes contradictorias, los describían en esta ocasión. Quizás los ojos brillaban como no lo habían hecho hasta ahora, los corazones encontraban calma violenta. Esta historia monopolizaba la pantalla, la sala le otorgaba su atención: radiante, expectante, con la adrenalina a niveles inimaginables; la sangre corría generando energía que superaba la que produce cualquier motor a combustión inventado.

Algo interrumpió, las miradas se perdieron al instante, seguían ahí pero desconectadas, solas y tristes; la gente distrajo su atención. A él le regreso la paciencia eterna de aquella tarde. La dueña de la sombra, lentamente giró, y empezó su nueva retirada.

La sala desconcertó, se desanimó, el ritmo volvió a latir; sucedieron nuevas imágenes. Esta vez grises y duras, molestas, entrometidas, apabullantes. Las historias que se vinieron, otra vez a esa velocidad, se movían en estos matices, oscureciéndose cada vez más.

Sonaba el proyector: ahora más grave, más protagonista, molesto con todos incluso con él mismo. Los días pesaban más en cada momento y a cada historia. Llevaba mucho esfuerzo dilucidar qué había en la pantalla; ese sonido seguía taladrando, incrementando su presencia. A ritmo desenfrenado desaparecían los grises, ahora había negros, con algunos tintes de blanco en las imágenes, nada simple, destellaban, enloquecían. Todos miraban intranquilos: violentados. Entonces los blancos fueron desapareciendo, el sonido se incrementaba; las imágenes ahora se esfumaban como si se quemaran: algunos los de buena imaginación alcanzaban a percibir el olor, los oídos ya no soportaban más.

En un instante, como estallido, se prendieron todas las luces, cegaron a quienes estaban con los ojos abiertos, el momento se envolvió de un silencio aturdidor, nadie se animaba a levantar la mirada o a girar. El calor de las luces reprimía cualquier movimiento.

Luego de un interminable minuto algunos atrevidos del fondo de la sala comenzaron a recomponerse de a poco, aun encandilados no comprendían lo sucedido. Cuando las pupilas lograron contraerse lo suficiente para permitirles hacer foco: alcanzaron a individualizar dos siluetas conocidas en el centro de la sala: erguidos, incólumes, acompañados entre si. Como si no les afectara la luz ni el calor.

Estaban ellos dueños de sus sombras: con la paciencia eterna lentamente se levantaron de sus asientos y se retiraron de la sala. Muchos aun cegados no lograron verlos, estos sólo encontraron dos lugares vacíos en el centro de la sala.