Rafeef Ziadah – "Nosotros enseñamos vida, señor"

Posted marzo 5th, 2012 in Actualidad, Literatura by franco

 

La poeta palestina Rafeef Ziadah declama su poema “Nosotros enseñamos vida, señor”

“Hoy, mi cuerpo, fué una masacre televisiva
Hoy, mi cuerpo, fué una masacre televisiva
que tuvo que adaptarse a clips de sonido
y limitación de palabras,

Hoy, mi cuerpo, fué una masacre televisiva
que tuvo que adaptarse a clips de sonido
y limitación de palabras,
lo sificientemente rellenadas con estadísticas,
contadores, medidas, respuestas
para las que he tenido que perfeccionar mi inglés
y he aprendido mis resoluciones de las Naciones Unidas
pero aún así, él me ha preguntado

“Srta. Ziadah
¿no piensa que todo se arreglaría si dejasen de enseñar tanto odio a sus hijos?”

Pausa.
Busqué dentro de mi fortaleza para ser paciente,
pero la paciencia no está en la punta de mi lengua
mientras las bombas caen sobre Gaza.
La paciencia simplemente se ha escapado de mi.

Pausa.
Smile.
Nosotros enseñamos vida, señor
Rafeef, recuerda sonreir.

Pausa.
Nosotros enseñamos vida, señor
Nosotros, los palestinos, enseñamos vida
después de que ellos,
hayan ocupado el último cielo.

Nosotros, enseñamos vida
después de que ellos
hayan construdio sus asentamientos
y sus muros del Apartheid,
después el último cielo

Nosotros enseñamos vida, señor
Pereo hoy, mi cuerpo, fué una masacre televisiva
fabricada para adapatarse a clips de sonido y limitación de palabras

Pero, danos tan sólo una historia
una historia humana

sabes, esto no es política
nosotros tan sólo queremos
hablarle a la gente sobre ti y tu gente
así que, danos una historia humana
no menciones las palabras Apartheid y ocupación
esto no es política
tienes que ayudarme, como periodista,
a ayudarte a contar tu historia,
lo cual no es una historia política.

Hoy, mi cuerpo fué una masacre televisiva
¿Qué hay si nos das la historia de una mujer en Gaza que necesita medicación?
¿Qué hay acerca de ti?
¿Tienes “los huesos suficientemente rotos” para cubrir a su hijo, entregarme a tu muerto, y darme la lista de sus nombres en un límite de 1200 palabras?

Hoy, mi cuerpo, fué una masacre televisiva
fabricada para adapatarse a clips de sonido y limitación de palabras
y movido por aquellos insensibles
a la sangre de terroristas.

Pero ellos lo sienten.
Lo sienten, por el asedio sobre Gaza.
Así que, les dí las resoluciones de las Naciones Unidas,
y las estadísticas,
y lo condenamos,
y lo lamentamos,
y lo rechazamos.

Esto no son dos bandos iguales,
ocupante y ocupado,
y un centenar de muertos,
dos centenares de muertos,
y un millar de muertos
y entre medio de este crimen de guerra y masacre,
he construido palabras y sonrisa no exótica,
sonrisa no terrorista,
y conté y reconté,
un centenar de muertos,
dos centenares de muertos,
un millar de muertos.

¿Hay alguien ahí fuera?
¿Habrá alguien que me escuche?
Desearía poder plañir sobre sus cuerpos,
desearía simplemente poder corre allí,
a cada campo de refugiados,
y sostener a cada niño,
taparles los oídos para que
no tuvieran que escuchar
el sonido de las bombas
por el resto de sus vidas,
como yo hago.

Hoy, mi cuerpo, fué una masacre televisiva
y dejadme decir
que:
no hay nada que vuestras resoluciones
de las Naciones Unidas
hayan hecho
jamás sobre esto.

Y ningún clip de sonido,
Ningún clip de sonido,
que haga,
no importa
cuan buen inglés tenga,
ningún clip de sonido,
ningún clip de sonido,
ningún clip de sonido,
ningún clip de sonido,
les devolverá a la vida,

ningún clip de sonido,
arreglará esto.

Nosotros enseñamos vida, señor
Nosotros enseñamos vida, señor
Nosotros, los Palestinos
nos levantamos cada mañana
para enseñarle al resto del mundo
Vida, señor.”

Rafeef Ziadah

Prólogo a Los lanzallamas

Posted agosto 5th, 2011 in Literatura by franco

Palabras del autor (1931)

ROBERTO ARLT

Del libro Los lanzallamas (Ed. Losada, Buenos Aires, 1977)

Con Los lanzallamas finaliza la novela de Los siete locos.
Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana.

Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras.

Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que existe gente a quien la preocupación de buscarse distracciones les produce surmenage. Continue Reading »

La calle de domingo perdida en la distancia

Posted abril 4th, 2010 in Escritos, Literatura by franco

La calle de domingo perdida en la distancia, un hilo en medio del tejido de la ciudad. Le servia de sendero. El andar mostraba el fin, la tarde pintaba aquella imagen, el viento la hacia sonar.

Sensaciones de algo que había terminado, levantaron el telón. Nuevas escenas, fotos, sonidos. Los ojos se hicieron cámaras, los oídos micrófonos y el aire respirado era lo que lamentablemente le llevara mucho tiempo transmitir al cine. Comenzó a rodar una historia: contradictoria y confusa.

Él apareció primero: serio, niño, inocente, expuesto a los dolores de la vida; creíble, soñador, fracasado y enamoradizo. Dispuesto a hacerse cargo de su vida, entusiasmado con los encuentros, gran apostador por lo tanto gran perdedor.

La historia siguió mostrándose a ritmo especial: sacado, egoísta, intimidante. Entre las imágenes cotidianas como diapositivas. Se dejo ver una con luz protagonista; siguieron pasando las diapos, sonaba jazz. Quien estaba en esa imagen: comenzó a verse más seguido en la secuencia, de distintas maneras, en diferentes paisajes, con nuevos colores, siempre con esa luz presente.

La secuencia de a poco se fue convirtiendo en cinta. Los personajes tomaron vida en una esquina, de dos calles desiertas de algún lugar de la tarde de domingo en la gran ciudad; ella caminaba alejándose. El miraba con la paciencia eterna su partida, la que solo otorga la certeza de saber que esa despedida lo llevaría necesariamente a su reencuentro.

Con la misma paciencia, luego de verla desaparecer, se agachó, tomó sus cosas y se fue en dirección diferente a continuar con su vida. Siguió como si esa tarde no hubiese existido nunca: como si esa imagen fuese la de una publicidad en la revista del diario de domingo, como si ese sonido fuera el de un disparo en medio de la madrugada de la ciudad dormida.

Vivió momentos tristes, alegres, importantes, insignificantes, coloridos mayormente. Vinieron etapas de desenfreno, de andares agitados. Otras de calma y paciencia, de euforias y alegrías; en una de esas, de las de imparable ajetreo, de corridas sin descanso, de respiros agitados. Retorno esa imagen: viva otra vez.

Todo se detuvo, el mundo giraba en torno a esa luz, los latidos se calmaron paulatinamente, la respiración encontró sentido, se normalizó. Enfrentados hablaron, mientras todo seguía girando desenfocado, muy lento, alrededor de ellos.

El encuentro duró poco, tanto que podría entrar en un suspiro, sin embargo logró detener el ritmo que se venía imponiendo. Hizo una buena pausa, un silencio interesante. Quizás este momento se veía como una foto, nítida de colores fuertes, alegre.

La rueda entró a girar otra vez cual retirada de tren. La pelota corría, como para no dejarse alcanzar por ningún jugador. El sonido del proyector era un buen detalle a esta parte: ameno, cálido. Se mostraban historias acordes a tiempos y sonidos, sin olores. Tampoco se escuchaban las respiraciones (que le llevará siglos lograr expresar al cine).

Ese sonido continuaba, de la misma manera: agradable. Pasaron muchas imágenes de buenos momentos, todo sucedía a ritmo vertiginoso; las historias iban como van los días: locos, corriendo alienados, maquinarios, arrasantes, asesinos del arte, como entrenando cazadores. Los colores dispersos.

Lentamente comenzó a mostrarse una sombra cual la de un fantasma: cada vez más seguido, y poco a poco más notoria. Como siguiendo este signo, el ritmo de las imágenes disminuía, las historias se detenían, el sonido del proyector se quería ir, los colores se hacían más firmes: imágenes vivas otra vez. Volvía la extraña respiración de aquella tarde.

La sombra dejo ver su cara y otro encuentro acontecía, junto con él, el tiempo descansaba: produciendo aquellas sensaciones, pero renovadas, más claras y coloridas. Miradas enfrentadas, palabras confusas, actitudes contradictorias, los describían en esta ocasión. Quizás los ojos brillaban como no lo habían hecho hasta ahora, los corazones encontraban calma violenta. Esta historia monopolizaba la pantalla, la sala le otorgaba su atención: radiante expectante: con la adrenalina a niveles inimaginables; la sangre corría generando energía que superaba la que produce cualquier motor a combustión inventado.

Algo interrumpió, las miradas se perdieron al instante, seguían ahí pero desconectadas, solas y tristes; la gente distrajo su atención. A él le regreso la paciencia eterna de aquella tarde. La dueña de la sombra, lentamente giró, y empezó su nueva retirada.

La sala desconcertó, se desanimó, el ritmo volvió a latir; sucedieron nuevas imágenes. Esta vez grises y duras, molestas, entrometidas, apabullantes. Las historias que se vinieron, otra vez a esa velocidad, se movían en estos matices, oscureciéndose cada vez más.

Sonaba el proyector: ahora más grave, más protagonista, molesto con todos incluso con él mismo. Los días pesaban más en cada momento y a cada historia. Llevaba mucho esfuerzo dilucidar qué había en la pantalla; ese sonido seguía taladrando, incrementando su presencia. A ritmo desenfrenado desaparecían los grises, ahora había negros, con algunos tintes de blanco en las imágenes, nada simple, destellaban, enloquecía. Todos miraban intranquilos: violentados. Entonces los blancos fueron desapareciendo, el sonido se incrementaba; las imágenes ahora se esfumaban como si se quemaran: algunos los de buena imaginación alcanzaban a percibir el olor, los oídos ya no soportaban más.

En un instante, como estallido, se prendieron todas las luces, cegaron a quienes estaban con los ojos abiertos, el momento se envolvió de un silencio aturdidor, nadie se animaba a levantar la mirada o a girar. El calor de las luces reprimía cualquier movimiento.

Luego de un interminable minuto algunos atrevidos del fondo de la sala comenzaron a recomponerse de a poco, aun encandilados no comprendían lo sucedido. Cuando las pupilas lograron contraerse lo suficiente para permitirles hacer foco: alcanzaron a individualizar dos siluetas conocidas en el centro de la sala: erguidos, incólumes, acompañados entre si. Como si no les afectara la luz ni el calor.

Estaban ellos dueños de sus sombras: con la paciencia eterna lentamente se levantaron de sus asientos y se retiraron de la sala. Muchos aun cegados no lograron verlos, estos sólo encontraron dos lugares vacíos en el centro de la sala.